La maga cansada

Cuando decides ser madre, todo el mundo te da consejos y, sobre todo, todo el mundo te habla de cómo te va a cambiar la vida, para bien o para mal: que durante unos años no tendrás tiempo para ti, que cambiará tu mundo, que sufrirás mucho, pero que será lo más bonito y perfecto y satisfactorio que habrás hecho en la vida.

Y tú imaginas cómo construirás un mundo mejor y perfecto y MÁGICO para ese pequeño tesoro que está creciendo en tus entrañas.

Y luego el tesoro nace, y crece, y de pronto tiene 6 años y te das cuenta de que LA MAGIA ES MUUUUUY DURA.

Porque sí, señor@s, mantener ese mundo mágico que le prometiste a tu proyecto de ser humano es muy difícil y muy cansado. Cuando son más pequeños, toda la magia es posible. Estornudas y te sacas un kinder chocobom de la nariz ante sus ojos y ya está, eres la leche de la academia mágica de la maternidad.

Pero, ¡ay, amigos!, de pronto tienen 6, 7 años y la cosa se pone difícil. Que ya saben leer y te curiosean los enlaces de Amazon. O te pillan los wassups de la yaya preguntando qué quieren para Navidad. Es aquí donde empieza el auténtico marrón mágico.

–Mamá, que Kilian, de tercero, dice que el Ratoncito Pérez y los Reyes y Papá Noel son los padres…

¡Alarma, alarma! ¡Vamos, cerebro, acelera, piensa en algo que decir que no incluya insultos dirigidos al puñetero niño!

–Pero qué tontería es esa. Hija, si no existieran ¿cómo ibas a recibir tú regalitos? ¿No ves que mami es autónoma? No tengo pa tó.

Pero, claro, esa afirmación requiera “reafirmación”. Es decir, una campaña de refuerzo de la cuestión mágica. Y ahí aparecen las puertas del Ratoncito, y los certificados de calidad del diente, que se imprimen a las mil de la noche, cuando la paleta derecha de tu hija se cae justo al cepillarse los dientes antes de irse a dormir. Y el pequeño almacén mágico donde tienes que mantener detallitos para las caídas imprevistas, no sea que el Ratoncito se quede sin stock en el peor momento. ¡Que mi armario parece un Chino!

¿Y qué me decís de las Navidades? Ese es el momento cumbre, el máster cum laude de la magia paterna. Vídeos donde Santa felicita a tu hija, certificados de buen comportamiento que la incluyen en la lista de niños buenos, búsquedas del Tió en la montaña, para alimentarlo a base de mandarinas durante casi un mes (¡y acuérdate de comértelas antes de que la niña se levante, que otra cosa no, pero la tradición catalana del Tió te pone a tope de Vitamina C todas las Navidades!). Encargo, recogida, compra de regalos en el más estricto secreto, almacenamiento en lugares insospechados, interrogatorios infantiles sutiles (o no) para saber qué quieren antes de que escriban la carta, porque para eso se ronean y se pasa el Black Friday y no, hija, no, que la cosa está malita.

Y entonces llega la noche de Navidad, o la de Reyes, y te conviertes en una mezcla de Hermione Granger y Tom Cruise en Misión Imposible, que solo te falta descolgarte desde el techo para dejar los regalos y rellenar los calcetines con chocolates o las zapatillas con carbón sin que la criatura se despierte.

–Mamá, ¿por qué Papá Noel y los Reyes siempre se beben la copita de moscatel pero no se comen las galletas?

Porque ser mágica cansa, hija, y el alcohol ayuda a crear la chispa.

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