El pastelero que ya no comía dulces

Hace poco descubrí que, para horror de mi maltrecha economía COVID, WordPress me había renovado la suscripción. Y me di cuenta de que hacía casi 3 años que no escribía nada.

Nada.

Nada.

Y tampoco leo. No leo por placer, solo por trabajo. Tengo una pila de libros en mi mesita de noche esperando mi tiempo y mi interés, y pese a las ganas, ninguno de ellos consigue que me centre en sus páginas. Todo esto te daré, Cristales en el cielo de Manhattan, La hija del caníbal y El cuaderno de Lázaro, de mi compañero, Ignasi Estapé. Hay más, muchos más… pero esos me miran cada noche, y cada mañana, con sus lomos llenos de reproche.

Cuando en agosto compré mi fantabulosa agenda Beplanner, rellené el Plan de Vida y, en el apartado “Tu objetivo”, me marqué uno solo: Escribir mi primera historia personal. No me refería a escribir una novela o relato por encargo, como he hecho hasta ahora, sino a escribir una de esas tres historias que tengo en el tintero, esperando mi tiempo y mis ganas para ser retomadas, salir de mi corazón, correr por mis venas hasta las puntas de mis dedos y aparecer escritas en la pantalla de mi portátil. Apunté en la agenda: “Marcarme 1h diaria para escribir. Sin excusas”. Que la inspiración me pille trabajando, como decía Picasso.

Han pasado casi 3 meses desde que me marqué ese objetivo.

Hace casi 3 meses que diariamente lo incumplo.

Tengo excusas para dar y tomar. Si alguna noche, después de una larga jornada laboral ante el ordenador del despacho, 2h de parque con mi niña, cenas, duchas, y arropos (buenas noches, Daniela; buenas noches, mami; te quiero mucho, mucho; como la trucha al trucho; y de aquí a la luna… ¡y volver!), consigo encender el portátil, pienso: uy, pero si tengo que corregir esto y aquello; uy, pero si debería adelantar la traducción aquella; uy, pero si… pero si… pero si…

Pero no.

No escribo. No leo.

Y, al mismo tiempo, escribo a diario y leo a diario. Mucho. Por trabajo. Trabajo de ello, trabajo leyendo y escribiendo. Es mi trabajo. Mi placer se ha convertido en mi trabajo. Y el trabajo me ha arrebatado parte del placer.

Me he convertido en ese pastelero que, harto de hacer dulces, al llegar a casa no prueba el azúcar.

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