No lo sabía

Estaba cansada y no lo sabía. Cansada de levantarse antes que nadie para prepararlo todo; cansada de que los besos de su marido fueran apenas un roce al despedirse porque “si me entretengo pillo el atasco de las 8”. Cansada de despertar, vestir, peinar a los niños y de que su vida transcurriera de casa al colegio, del colegio al trabajo, del trabajo al colegio, al parque, a extraescolares, al supermercado, y otra vez a casa…

Estaba cansada y no lo sabía porque todo el mundo le decía que no podía quejarse. No podía quejarse porque trabajaba cerca de casa y le dejaban salir antes para ocuparse de sus hijos… a cambio de recuperar las horas completando informes en casa, claro. No podía quejarse porque su marido preparaba la cena todas las noches… como si aquello fuese un favor y no parte de sus obligaciones parentales.

Estaba cansada y no lo sabía porque, cuando decía “me duele la cabeza”, alguien a su alrededor contestaba automáticamente: “pues a mí me duele…”. Y entonces se avergonzaba de su migraña ya casi crónica, y callaba y escuchaba y se lamentaba de la dolencia del otro.

Estaba cansada y no lo sabía porque las supermamás, esas que paren casi a última hora porque quieren tener hijos y compaginarlos con una carrera y una relación y una vida llena de aficiones; esas que se imponen retos y que aún tienen sueños que desean seguir persiguiendo; esas que son lo que son porque así lo han querido y han luchado por ello… esas no pueden quejarse. Lo tienen todo. Tú te lo has buscado, ahora no te quejes.

Así que estaba cansada y no lo sabía… hasta que una mañana les gritó a los niños por no ponerse los abrigos lo suficientemente rápido. Fue un grito histérico que le subió desde el pecho y atravesó sus labios casi a traición. Un grito tan inesperado y fuera de lugar que los niños callaron de golpe.

Fue el viaje más silencioso de su vida, y aquel día ella se quedó en el coche mientras los dos pequeños, de la mano, entraban solos en el colegio. Y siguió en el coche durante mucho tiempo, mirando sin ver la verja ahora cerrada del centro, hasta que un guardia urbano golpeó la ventanilla con los nudillos y le preguntó si se encontraba bien.

–Sí –contestó ella. Y sorprendida, añadió–: Solo estoy… cansada.

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