Desde el tren

Voy en el tren camino de Mataró. Por la ventana, del Clot a Sant Adrià, atisbo otro mundo. Hay construcciones abandonadas que despiertan mi imaginación: serían fantásticos escenarios para persecuciones de novela. Túneles llenos de vigas, bloques de hormigón y acero abandonados. Escaleras que no llevan a ninguna parte. Entradas, o salidas, tapiadas burdamente. 

Luego vienen los espacios vacíos que separan las vías del resto del mundo, tierra de nadie de la que nadie se ocupa y que, inevitablemente, se llena de cañas y basura. Veo colchones y mantas raídas y cartones, y me fijo bien cuando el aire que levanta el paso del tren agita un fardo de telas abandonado junto a la columna de un paso alzado. Pienso en el argumento de La chica del tren, pero no veo ningún asesinato, solo a dos tipos trapicheando. Otro, tal vez un kilómetro más allá, se mete un pico en la boca de un tunel, para aprovechar la luz y acertar en la vena, supongo.

Un encapuchado revisa la basura junto a la vía, entre unos pinos escuálidos.

Unos patos nadan casi hasta la desembocadura de un río al mar, puedo ver la espuma rompiendo al fondo; pero no van más allá del último puente que hay antes del final. Se quedan a resguardo, como el hombre del túnel, como el encapuchado.

Está empezando a llover.

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