El primer paso es el más difícil

Sobre todo cuando tu problema es haber perdido la costumbre de escribir tus propios pensamientos. Cuando te pasas el día entero leyendo, corrigiendo o traduciendo textos de otros… ¿cómo se recuperan las ganas de continuar delante de la hoja en blanco por placer?

Me siento cobarde por no atreverme a seguir persiguiendo mi sueño de ser una escritora publicada; como una estafa, por autodefinirme como “escritora” cuando apenas hilvano dos frases originales seguidas. Y, al mismo tiempo, me siento terriblemente culpable cuando invierto tiempo en escribir en vez de seguir trabajando o jugando con mi hija.

¿Cómo se puede compatibilizar una carrera profesional de autónoma, la maternidad en solitario y una pasión desmedida por la literatura en todas sus formas? Al final siempre es  el sueño y el anhelo más íntimo de una el que se resiente. Por pragmatismo, por comodidad, por pereza o por amor, una se acaba rindiendo a la rutina diaria, y al “ya tendré tiempo, cuando la niña sea un poco más mayor”. Y así día tras día, hasta que cada noche que cierras los ojos sin haber escrito un poquito, esa parte de ti que es especial y que te define en esencia, se desdibuja y desaparece.

No quiero despertar un día, tras muchas noches como esas, y descubrir que ya solo soy una trabajadora y una mamá… y nada más.

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